Puede que, si no eres un fanático de la historia de la automoción, Adler apenas te suene. Es habitual que ocurra… y también una lástima, ya que este fabricante alemán construyó algunos automóviles realmente interesantes antes de la Segunda Guerra Mundial.

La empresa contaba entre sus empleados con el brillante Hans-Gustav Rohr, creador del sorprendente Trumpf en 1932, con un motor de cuatro cilindros de 1,5 litros de cilindrada (la crisis del 29 obligó a crear automóviles modestos). Se trataba de un coche realmente innovador: tracción delantera, suspensión independiente con amortiguadores hidráulicos, cambio de marchas en el volante o el piso soldado a la carrocería. No destacaba por potencia (28 CV)… pero se defendía más que bien en marcha gracias a su bajo peso, centro de gravedad bajo y excelente aerodinámica.

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El éxito cortando el viento se debía sobre todo a Paul Jaray, un húngaro que había trabajado diseñando zepelines (Alemania era entonces la superpotencia de los cielos)… y Tatra fue la primera compañía automovilística en aplicar a rajatabla sus ideas en vehículos terrestres, como el Tatra T87.

Jaray determinó que la forma de huso de una aeronave era la ideal, aerodinámicamente hablando, por lo que a partir de la mitad del vehículo los coches que diseñaba se iban estrechando hasta acabar en una zaga prácticamente cónica. El parabrisas curvo (casi con un ángulo de 180 grados) conseguía enviar el aire hacia atrás sin oponer apenas resistencia.

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El diseño era realmente excepcional, en una época muy anterior a la disponibilidad de túneles del viento. Lo lograban colocando hilos por toda la carrocería. El coche se ponía en marcha y era fotografiado. Las curvas de la carrocería se ajustaban después a las trayectorias de los hilos (lo que los ingenieros llaman líneas de corriente).

El caso es que Adler tomó las ideas de Jaray para desarrollar un Adler Trumpf Rennlimousine (sedán de carreras). Se fabricaron al menos seis unidades a finales de los años 30, cada una evolucionando a la anterior. Todos comparían el diseño de medio huso y el parabrisas curvado y se usaron en demostraciones, pruebas… y en competición.

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Al menos eso ocurrió con esta unidad, con número de chasis número 167.671, que fue probablemente el coche nº34 que participó en las 24 horas de Le Mans de 1937. Con Otto von Löhr y Paul Guilleaume al volante, quedó segundo en su categoría, y 9º en la general. Nada mal para un coche de 1.910 cc con un motor de cuatro cilindros en línea, acoplado a una transmisión de cuatro velocidades, que apenas rendía 56 CV, ¿verdad?

Y es que el Adler Trumpf Rennlimousine era todo un coche del futuro en 1938, con todas las ideas de Rohr llevadas a la práctica: suspensión delantera independiente, eje trasero independiente, suspensión delantera… fue además uno de los primeros automóviles cerrados que compitió en Le Mans.

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Aunque se desconoce qué ocurrió con el coche durante la Segunda Guerra Mundial, la suerte quiso que volviese a aparecer en 1955 en Ansbach, en el norte de Baviera. Había sido algo modificado para circular por la calle con mayor facilidad (parachoques, luces antiniebla)…  Luego el coche pasó a Estados Unidos, donde fue cambiando de manos  hasta que en 1994 fijó su hogar en la colección europea de la Blackhawk Collection. Así acabó uno de los tres Adler Trumpf Rennlimousine que sobrevivieron a la guerra en California. Perfectamente restaurado, con muchos de sus paneles de carrocería originales y el número de chasis bien visible, como mandan los cánones de los coches clásicos.

Parecía que este verano iba a venderse en la subasata de Monterey (Arizona). Incluso estimaba que alcanzaría un valor entre 1,2 y 1,8 millones de dólares… pero poco antes de celebrarse el evento, el pasado mes de  agosto el coche fue retirado de la puja. ¿Se arrepenterían de querer vender uno de los coches más impresionantes de los años 30, uno de los abuelos de la aerodinámica, cuyo espírtitu aún permanece en la recta de Mulsanne?

Fuente: RM Sotheby´s
Fotos: por Darin Schnabel, cortesía de RM Sotheby’s

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