Te levantas, como siempre, para ir a trabajar. Sin embargo no es una mañana como otra cualquiera. Coges un autobús en el que nunca jamás te habías montado y bajas en una calle que no habías pisado con anterioridad. El cosquilleo comienza ya a las 7 de la mañana, desde el mismo instante en el que el estruendo del despertador da comienzo.

Aunque las mariposas ya empezaron a revolotear desde el segundo en el que en coches.com se fraguaba la idea de reunir a tres bestias del motor. “Tres bestias capaces de volar”, así las definía Luis Ramos. Tan solo saber que mis manos rozarían la carrocería de un Mercedes AMG, un Porsche 911 o un Audi R8, la adrenalina cogía más velocidad que el Dragon Khan.

La aventura comenzaba a las 9 de la mañana montando en el denominado coche cámara, concretamente un BMW  Serie 2 Cabrio. Un descapotable que poco tiene que envidiar a los superdeportivos y que confirmó mi amor incondicional por este tipo de vehículos. La Castellana se convirtió así en el primer testigo de mi sonrisa infinita, de mi ensoñación como futuro coche particular, de mis ansias por tocar todos los botones, de probar su modo Sport, de la necesidad imperiosa de descapotarnos y desmelenarnos… “Os vais a despeinar”, comentaba Andrés, el conductor.

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Pero ese día no importaba terminar con los pelos como el actor secundario Bob de la serie Los Simpson. No había miedo, solo ilusión. Este BMW rojo se convirtió más tarde en mi cómplice. Con Andrés al volante y Dimauer, el cámara, en la parte trasera grabando cada movimiento de los deportivos, una humilde servidora de copiloto y walkie en mano transmitía los pasos que debían seguir los demás pilotos para que la producción terminase siendo lo que es hoy. ¡Una auténtica demostración de intenciones!

Solo el arranque de los tres devoradores de kilómetros ya te hacían volar hasta la Luna, jugar con las estrellas, ver cómo es la primavera en Júpiter y en Marte. Podría decirles, como lo hacía el gran Frank Sinatra en Fly me to the Moon, eso de que “llenas mi corazón con el sonido”.

Los aproximadamente 65 kilómetros que separan la sede de Mercedes-Benz hasta el helipuerto de Gandullas se convirtieron en el segundo testigo involuntario. Cromáticamente hablando, el rojo llama la atención por encima de los demás colores, sin embargo, en cuanto el Mercedes-AMG GT hizo su aparición mi pupila se dilató y el amarillo comenzó a jugar con mi iris. El color en sí mismo no me gusta desde tiempos inmemoriales, sin embargo, en el AMG atrapaba. Era un día para romper moldes.

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He de confesar que siento especial devoción por esta casa alemana, por eso en cuanto tuve la ocasión subí a ese búnker (con sumo cuidado ya que a pesar de no ser Pau Gasol, mi altura rozaba el techo de la puerta) que pilotaba Gonzalo Yllera. Nada más tomar contacto con el asiento y cerrar la puerta te evadías del exterior, te sentías protegido como si mismamente hubieses entrado en un búnker. Un blindaje desde el que podías tocar el cielo al abrir manualmente el techo panorámico.

De alemán en alemán. Y es que el siguiente que pude catar fue el Porsche 911, un cupé con motor de seis cilindros que destacaba por su comodidad, su elegancia y sus numerosos detalles en color rojo (hasta los cinturones de seguridad dejaban de lado al tradicional negro). Un exceso que, para mi gusto, sobrepasó en las letras de su nombre situadas justo en la parte trasera. Un tono plateado o negro habría sido una elección a la altura de este biplaza. Al volante de este bólido estaba Jose, mecánico de profesión, que se encontraba como pez en el agua ya que está acostumbrado a tratar con este tipo de bestias. Con él aprendí de mecánica, a domar un poco a la fiera y a disfrutar de ese gran momento.

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Y finalmente, a la espera se encontraba un espacioso R8, un espectáculo de detalles cuidados. Aunque el que más llama la atención, sin lugar a dudas, era la luz del intermitente que recuerda mucho a la del coche fantástico. Este particular Kitt nos dejó además una anécdota curiosa.

Tras reponer fuerzas con la comida, justo cuando volvíamos a la carretera para seguir rodando las pruebas, un chico nos hizo el alto. Jose y yo nos miramos confusos y al bajar la ventanilla el joven algo nervioso preguntó: ¿cuántos caballos tiene este coche y qué velocidad alcanza?”. Las cifras le dejaron tan atónito que ni pestañeó. Sus ojos seguían clavados en la carrocería negro mate del R8 mientras imaginamos que se preguntaría de dónde habíamos sacado tanto dinero para pagarlo. Nos despedimos entre risas para volver a tomar las riendas de nuestro “arduo” trabajo.

Cuando la producción estaba llegando a su fin, tuve la oportunidad de ponerme al volante de este superdeportivo de cuyo montante no me quiero acordar y que pocos podemos mantener (entre los agraciados se encuentran millonarios futbolistas como Cristiano Ronaldo o Lionel Messi). Nunca había tenido entre mis manos un volante con levas, imaginar mi cara cuando las accionaba y el R8 subía de potencia. ¡Un subidón de adrenalina que pocas veces antes había experimentado!

alba en el R8

El Audi quería comerse el trazado de la carretera y gracias a ello yo pude sentir el agarre de los neumáticos rozando la gravilla a 150 km/h. Sí, ya sé que es un insulto esa velocidad para un coche de este calibre pero la gravilla no me daba seguridad y si acababa estrellando un R8 sería el fin de mi carrera. Era mi primera vez, entendedlo.

Sin poder dejar de mirar la velocidad que marcaba en la pantalla, ojeaba el camino para no topar con los demás deportivos, experimentaba con las levas… A fin de cuentas, estaba saboreando un superdeportivo (bueno, tres grandes alemanes). Me faltó tiempo pero llené el alma con esta deportiva experiencia. Una primera vez de esas que no puedes olvidar y que suma una nueva página a mi libro vital.

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