Es imposible imaginar un coche sin su correspondiente claxon y es por eso que vamos a repasar la historia de esta herramienta tan maravillosa tan eficaz cuando alguien nos molesta en la carretera ¡qué haríamos sin la bocina del coche!

Su origen se remonta a 1680 cuando simplemente se usaba para la caza. Se trataba un dispositivo provisto de una pera de goma, unida a una trompeta de metal, que normalmente empieza como un tubo cilíndrico que se curva y termina en un tubo cónico, que genera un peculiar sonido cuando se aprieta la pera.

Fue en 1865 cuando en el Reino Unido se aprobó la curiosa ley Locomotice Act, que requería que todos los automóviles motorizados debieran “ir precedido de un hombre a pie llevando una bandera durante el día o una linterna en la noche” No se les ocurrió mejor cosa para advertir de la presencia de estos nuevos vehículos por las calles. ¿Entiendes ahora la necesidad de una bocina e el volante?

No es de estrañar que comenzasen a surgir que se pudiesen incluir los vehículos. En una de las páginas de los Ensayos de un científico de información se decía: “Un legislador de Massachusetts propone que todos los automóviles equipados con una campana que suene con cada revolución de las ruedas. Otro sugirió que los automovilistas disparar bengalas adelante para advertir a los conductores de vehículos que se aproximan por caballos”. El siguiente siglo llegó con nuevas incorporaciones, ya incluían campanas, silbatos y bocinas bulbo presionando a mano. Sonaban tal que así:

Los alemanes adaptaron el modelo y más tarde la introdujeron en la música. A finales del S.XIX, la bocina comenzó a usarse como sistema de advertencia. Adoptó el nombre de claxon porque tiempo atrás se popularizaron las bocinas de la marca Klaxon.

En abril de 1914, Robert Bosch presentó en Alemania la patente de la primera bocina eléctrica de coche, que finalmente salió al mercado en 1921.

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A medida que crecía la industria automovilística los fabricantes del nuevo siglo se vieron obligados a incorporar tubos de múltiples tonos en sus coches, provocando una mezcla de sonidos atronadora. Por suerte, aquello no duró mucho. Esa bocina estaba basada en el principio de los tubos inmóviles, como los que utilizan los órganos. El tubo está cerrado en el extremo superior, por lo que emite un tono más bajo que un tubo abierto. El sonido se generaba al vibrar una membrana activada eléctricamente, cuando el conductor toca el botón de turno, y se propaga por el tubo de metal.

Los fabricantes de automóviles finalmente se decidieron a establecer la bocina eléctrica de un solo tono, por lo general que sintonizarán los tubos en mi bemol. Para lograr un sonido más eficaz y poder oirse entre la marabunta del tráfico, en torno a la década de 1960 los tonos siguieron reforzándose y subieron a un estridente fa sostenido.

A día de hoy son irreconocibles a como empezaron, van internas en el coche y para escuchar su pitido tan sólo hay que presionar en el centro del volante. ¡Menuda la evolución de las bocinas! Lo que comenzó como una herramienta de caza se ha convertido en una herramienta de seguridad imprescindible, es sin duda una manera de llamar la atención a cualquier conductor en una calle concurrida.

Vía: Jalopnik

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