¿Tenéis hermanos o hermanas? Yo sí, uno mayor que yo. Algunas de las cosas que mejor recuerdo de cuando éramos pequeños era competir en videojuegos. Bueno, competir es quizás una palabra muy fuerte. Más bien era vilmente derrotado de manera continua, ya fuera a un juego de fútbol, a un juego de mesa, cartas o, cómo no, videojuegos de carreras.

La pantalla partida es un arte perdido en el mundo de los videojuegos, pero era un modo indispensable en muchos juegos de antes que querían destacar por su componente multijugador. Sin posibilidad de competir online, reunir a varias personas frente a la misma pantalla era el modus operandi. Si una familia tenía más de un hijo o hija, las nuevas consolas entraban en el hogar con dos mandos bajo el brazo.

En mi casa y en mi caso, hablamos de la Nintendo 64, con un mando gris y un mando rojo. Mentiría sin dijera que recuerdo con exactitud el cartucho que teníamos, pero una búsqueda a través de Google y YouTube me hace creer que hablamos del F1 World Grand Prix, desarrollado por Paradigm Entertainment y lanzado en el año 1998. Las fechas cuadran, así que aceptamos pulpo como animal de compañía.

Fórmula 1, carreras, pantalla partida… perfecto para que dos críos se diviertan durante varias horas. Bueno, divertirse es quizás una palabra muy fuerte. Mi hermano se divertía mientras yo chocaba contra cada valla de cada circuito. Dame un Mario Kart y te derrotaré en cualquier modo. Ponme en un simulador y bebe un chupito cada vez que tome mal una curva. Compra varias botella si lo haces.

Parece ser, según la Wikipedia, que el videojuego estaba basado en la temporada 1997 de Fórmula 1, con 17 circuitos y 22 pilotos. Mi hermano se pedía a Michael Schumacher, así que yo me pedía al hermano menor, Ralf. En juegos posteriores para PlayStation 2 adquirimos la deportiva costumbre de colocarme frente al resto de vehículos mientras él daba vueltas y vueltas para ganar la carrera.

Pero era 1998 y las carreras eran uno contra uno. Y me ganaba una y otra y otra y otra vez. Intentaba vencerle, no creáis. Pero demonios, qué difícil era. Hasta que un día lo conseguí. Se alienaron los astros, se sucedieron varios milagros y gané. ¿Cómo?

Estábamos corriendo como de costumbre. Yo iba detrás mientras mi hermano mantenía una ventaja considerable. Nada había que presagiara un cambio de suerte. Pero, mientras me concentraba en mi lado de la pantalla, algo pasó. No sé qué fue, no sé qué hizo, pero mi hermano fue descalificado con una bandera negra.

Una gloriosa, magnífica, preciosa, excelsa, orgullosa, brillante, radiante, espectacular, asombrosa, sensacional, fantástica, poderosa, inspiradora, heroica, magnética, sensual, titánica, colosal, vibrante y maravillosa bandera negra que marcaba mi paso y mi destino hacia la línea de meta.

Así fue la primera carrera de videojuegos que gané a mi hermano. La primera que recuerdo, al menos. Sirva este relato de homenaje a aquella bandera que tanta alegría me dio. A partir de entonces, mi hermano, demostrando su absoluta deportividad, empezó a adquirir la sana costumbre de pulsar el botón de reset cuando estaba a punto de perder. Pero eso es historia para otro día.

NO HAY COMENTARIOS

Deja una respuesta