Puede parecer demasiado grande y pesado, pero cuidado, porque mecánicamente no tiene mucho que envidiar a un monovolumen.
Lo primero que llama la atención en el Opel Vivaro es la modernidad y la exclusividad de las líneas de su enorme carrocería. Es tan atractiva que no pasa desapercibida para nadie. Moderna y agresiva, sus formas se alejan mucho de los diseños típicos de los furgones tradicionales. De hecho, respira un estilo que incluso –salvo por las dimensiones– puede hacer palidecer de envidia a más de un monovolumen al uso.

En ese sentido, no hay nada que objetar a un vehículo que pide a gritos entrar en su interior, operación nada fácil para los usuarios de talla normal, que casi tienen que escalar para acceder a los asientos. Pero luego, eso sí, el conductor, por ejemplo, se encuentra con una amplia y cómoda butaca desde la que domina todos los aspectos de la conducción y goza de una visibilidad perfecta hacia todas las esquinas de la carrocería.

En el Vivaro se pueden acomodar hasta nueve pasajeros, si bien está más pensado para que siete ocupantes gocen de un espacio enorme para poder desenvolverse. En este sentido, hay que criticar que la tercera fila de asientos sea fija y sólo se abata su respaldo, tanto porque impide que la zona de carga se amplíe como porque no permite disponer de esa tan traída y llevada flexibilidad y modularidad interior.

En el habitáculo se aprecia un cuidado por el detalle impropio en un furgón, y también una esmerada presentación en la que la calidad visual está presente. El equipamiento, en lo que atañe a los elementos de confort no es del todo malo, pero cuenta con opciones como el aire acondicionado que resta puntos al coche. En lo que a la seguridad se refiere, la dotación de airbags es correcta y se puede complementar con los específicos para proteger la cabeza de los ocupantes.

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