¿Te imaginas a José Saramago o Luis Landero, escritores que ocupan un lugar destacado en la literatura contemporánea europea, trabajando bajo el capó de tu coche? ¿Hay alguna relación entre Mario Benedetti o Ken Follet, dos de la plumas más leídas y traducidas en las últimas décadas, con los talleres de reparación de vehículos?

Bastante más de lo que imaginas. Al menos desde una cierta sensibilidad que reconcilia a los profesionales del taller y sus clientes con la condición más literaria del arte y oficio de arreglar coches. Acostumbrados como estamos a una determinada imagen de los talleres de reparación, no siempre edificante, reproducida una y mil veces en novelas, series televisivas y películas, no está de más recordar a algunos insignes “mecánicos de coches”.

José Saramago

La literatura contemporánea está en deuda con los talleres de reparación de vehículos. Gracias a uno, o mejor, gracias a la experiencia iniciática de José Saramago en uno de ellos, el escritor luso, Nobel de literatura, llegó a interesarse por las letras. Lo cuenta en un divertido texto publicado por la Fundación Barreiros con motivo de la exposición Garaje: imágenes del automóvil en la pintura española del siglo XX.

Saramago nunca se sacó el permiso de conducir. Según dice en La junta de motor, tras su experiencia trasteando en el alma de los coches como operario en un taller de reparación:

“Hace más de sesenta años que debería saber conducir un automóvil. Conocía bien, en aquellos remotos tiempos, el funcionamiento de tan generosas máquinas de trabajo y de paseo, desmontaba y montaba motores, limpiaba carburadores, afinaba válvulas, investigaba diferenciales y cajas de cambio, instalaba pastillas de frenos, remendaba cámaras de aire pinchadas, en fin, bajo la precaria protección de un mono azul que me defendía lo mejor que podía de las manchas de aceite, efectué con razonable eficiencia casi todas las operaciones por las que tiene que pasar un automóvil o un camión a partir del momento en que entra en un taller para recuperar la salud, tanto la mecánica como la eléctrica… Si en mis verdes años no hubiese trabajado como mecánico en un taller de automóviles, hoy, probablemente, sabría conducir un coche, sería un orgulloso transportador en lugar de un humilde transportado”. A continuación relata un desternillante episodio intentando reparar un motor. No dejéis de localizarlo en Internet.

Mario Benedetti

Con Poemas de la oficina, publicado en 1956, Mario Benedetti marcó el desarrollo de la poesía uruguaya al ceder la palabra a una temática considerada, hasta ese momento, como “no poética”. La del burócrata y administrativo de clase media. De forma sencilla, directa y coloquial. De la estirpe misma de Antonio Machado.

Como experiencia personal el libro recoge la actividad del propio Benedetti: cajero en una casa de repuestos de automóvil, funcionario público o taquígrafo en la Universidad. Como empleado en la firma de recambios echó sus ocho horas diarias desde la
temprana edad de los 14 años. Así se pagó los estudios. Y tomó notas para sus poemas.

Luis Landero

En El Guitarrista, una de sus obras más celebradas, Landero cuenta la historia de un joven soñador en los años 70, empleado en un taller mecánico durante el día y alumno de una academia por las noches. Su vida cambia cuando llega su primo desde París donde ha trabajado como guitarrista flamenco y contagia al protagonista las ganas de trabajar en el mundo de la farándula. El escritor no oculta que sus propias experiencias personales le sirvieron como material para este libro. Landero trabajó de joven en un taller.

Ken Follet

Ken Follet, especializado en la confección de best-sellers, nunca se habría planteado escribir novelas de no ser porque se cruzó en su camino la factura pendiente de un taller. Eran los años 70:

“Trabajaba como periodista para el periódico londinense The Evening News, cuando se me rompió el coche. La reparación me costaba 200 libras. Nos habíamos trasladado a Londres, acababa de nacer mi hija, teníamos una casa grande y una gran hipoteca. ¡Y no tenía dinero para reparar el coche!”

“El vehículo estaba en el taller, no lo podía mover de allí, y fui al banco para pedir un préstamo, pero me lo denegaron. No sabía qué hacer. Uno de los periodistas de The Evening News había escrito un thriller que publicó, y obtuvo del editor doscientas libras, justo la cantidad de dinero que necesitaba. Por lo que le dije a mi primera mujer, Mary: ‘Ya sé cómo vamos a recuperar el coche, voy a escribir un thriller’. Lo escribí rápidamente, se lo envié al editor y obtuve las doscientas libras para el coche”. “No era un libro muy bueno, pero pensé: ‘Si trabajo duro, la próxima vez podría ser mejor’.

Y lo fue, vaya si lo fue. Con su último libro, La caída de los gigantes, va camino de repetir el éxito de Los pilares de la tierra.

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