“Un piloto con talento natural”, “irrepetible”, “un caballero que no ganaba de cualquier manera”… . Los piropos a Jim Clark se extienden hasta hoy y no son pocos los que le señalan como el mejor piloto de todos los tiempos.

Para gustos, los pilotos, pero lo que está claro es que el tiempo acabó de forma injusta ocultando parte de su legado.

El énfasis sobre su biografía se centró en aquel trágico 7 de abril de 1968, en circunstancias muy similares a las de Ayrton Senna. Sin embargo y haciendo honor a la figura de Clark, abrimos un paréntesis para introducir la vida del genial piloto.

Nacido en Kilmany, un pequeño pueblo de Escocia, creció en el seno de una humilde familia dedicada a la explotación de su propia granja. Su padre confiaba en que su único varón siguiese sus pasos, pero el joven Jim, ya tenía muy claro que el camino que seguiría era uno asfaltado y por el que iría a mucha velocidad.

Su ambición, juventud y talento fueron ingredientes que explicaron su rápido ascenso. Por ejemplo, no dudó en participar en una competición local al volante de un Lotus Elite llevando la representación de la marca, sin que esta se la hubiese permitido.

No obstante, esto no molestó a su fundador Colin Chapman, quién al contrario, quedó maravillado por la destreza del piloto teniendo muy claro que era el fichaje perfecto para su equipo.

Y efectivamente, esta fue la semilla de la relación de Clark con el equipo de Lotus. Sería en 1985, cuando un también joven brasileño volvería a dejar huella en el equipo británico.

El estreno de Jim Clark en la Fórmula 1 con Lotus, fue el 6 de junio de 1960 en el Gran Premio de los Países Bajos. Un comienzo agrio que terminó con una retirada en la vuelta 42 como consecuencia de un fallo técnico en las transmisiones.

Jim Clark celebrando su victoria en Holanda

Un incidente que quedaría en el olvido teniendo en cuenta lo que ocurriría un año después en Monza.

Clark solamente llegaría a completar una vuelta despúes de colisionar contra el Ferrari de Wolfgang von Trips empujando a este hacia la grada. Murieron varias personas del público así como el propio alemán.

En palabras de personas cercanas a Clark, el piloto era una persona sencilla y humilde, si bien la competición sacaba a relucir su faceta más agresiva nunca estaba dispuesto a jugar sucio contra el resto.

Su primera victoria llegaría en 1962 en Bélgica. Año en el que Clark relamió la miel de sus labios al quedarse a 12 puntos del campeón del mundo Graham Hill. Un excéntrico inglés conocido por su especial destreza en el circuito de Mónaco, donde ganaría hasta en cinco ocasiones.

Graham Hill

Al fin, en 1963, Clark se alzaría con el Campeonato del Mundo tras siete victorias. Cifra que hay que poner en contexto ya que esa edición contaba sólo con diez carreras.

Dos años después, se volvería a colgar la corona de laurel ganando su segundo Campeonato Mundial y respectivamente el segundo Campeonato Mundial de Constructores para Lotus.

La destreza de Clark como piloto sigue siendo motivo de homenaje e incluso de estudio. Su estrategia no era llegar rápido sino llegar antes que el resto. Un apunte que tiene que ver con su dominio de los tiempos y comprensión de su coche. Algo parecido al modo de competición de pilotos como Alonso o Raikkonen. Y completamente opuesto al estilo temerario de Senna.

El Lotus 49 de Jim Clark, 1967

La Fórmula 1 no fue el único escenario sobre el que Clark demostró su valía. En 1965 ganaría también las 500 millas de Indianápolis rompiendo por un instante el dominio norteamericano en su propia competición.

En palabras de otra leyenda británica como Sir Jackie Stewart, el malestar de Clark con la dirección de Lotus, especialmente con Colin Chapman, ya era notorio entre el resto de pilotos.

No obstante, como un auténtico gentleman, mantuvo sus molestias personales a un lado para cumplir su contrato con el equipo. Una de las cláusulas, especificaba la colaboración de Clark en el desarrollo de los vehículos de Lotus en varias competiciones, entre ellas en la Fórmula 2.

Fue por tanto un 7 de abril de 1968 en Hockenheim, Alemania, cuando el mundo de la competición y el deporte se quedó huérfana de un talento sin comparación. No sólo por su habilidad sino también por su calidad como persona.

“Jim era un tipo introvertido, hasta que un periodista le hacía una pregunta impertinente”- Chapman

Ese día los testigos de aquel trágico final podían observar el disgusto de Clark cuando pasadas varias vueltas era incapaz de remontar desde la octava posición. Fue entonces cuando de repente su coche “se estropeó”. Un análisis bastante simplista sobre el accidente que sin embargo cuya causa sigue siendo una incógnita.

Pasado el tiempo, varios ingenieros coincidieron en que lo más probable fue un fallo técnico derivado de una pérdida de presión en el neumático trasero izquierdo. Clark inmediatamente perdió el control colisionando a 273 km/h contra los árboles.

Su muerte conmocionó a aficionados y pilotos quienes en su funeral estuvieron visiblemente afectados.

Clark con Chapman

Si bien Clark tenía un considerable respeto por sus rivales de competición, su propio padre le confesaría al piloto norteamericano Dan Gurney que de todos, era él al que tenía mayor admiración.

Un piloto extraordinario que si bien no llegó a ganar un campeonato mundial de F1, sí consiguió ganar carreras tanto en la F1, NASCAR y la USAC (campeonato de automovilismo disputado en EE.UU. entre 1965 y 1984).

Dan Gurney, 1965

El obituario del periódico The Guardian, resumía de manera sencilla la vida de Clark: “Un granjero escocés de 32 años, con dos campeonatos del mundo, y 25 Grandes Premios”.

El 7 y 8 de abril de este año, con motivo del 50 aniversario de la muerte de Clark, se celebrará un homenaje en su honor y así mismo se contará con detalle los planes sobre la apertura del museo que recordará su figura.

Fuente: The Guardian, RedBull 

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