En los años 50, Detroit, era una de los ciudades más prósperas de Estados Unidos. Paradigma de la sociedad industrializada, sus 1,8 millones de habitantes disfrutaban de una de las rentas por familia más elevada del país. La conocida como “Motor City”, concentraba las fábricas de General Motors, Ford o Packard, con la promesa de trabajo para todos, suelo barato y tolerancia racial. Gracias a la industria de la automoción, Detroit disfrutaba de su condición como ciudad emblema del sistema capitalista norteamericano.

Fundada en 1701 por comerciantes de pieles franceses, la historia de la ciudad de Detroit está ligada para siempre a la de figuras tan relevantes como Henry Ford, los hermanos Dodge o Walter Chrysler. En 1903, Ford escogió un viejo taller en la Avenida Mack para fundar un negocio que a la postre cambiaría para siempre la ciudad. Las granjas, licorerías y pequeños comercios del extrarradio dejaron paso a grandes fábricas, autopistas y estaciones de servicio, símbolo de unos nuevos y motorizados tiempos.

En los años 40, con la llegada del “boom económico”, mientras la ciudad exportaba productos por valor de millones de dólares, también importaba trabajadores de todas partes del mundo, especialmente europeos y negros de los estados del Sur. Tal era la importancia de Detroit que, durante la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt rebautizó a la ciudad como el “arsenal de la democracia” y es que en sus fábricas se producía el 35% de los proyectiles empleados por el ejército y sus aliados. En 1943, tal era el poderío de la fábrica de Ford, que podía fabricar un bombardero B-24 cada hora.

Detroit, el antes y el después

Tras la guerra comienzan a brotar las tensiones sindicales, provocadas por la condiciones de explotación a las que eran sometidos los trabajadores negros. En los altercados de 1943 mueren asesinados 23 negros y 9 blancos. La policía recibe la orden de disparar antes de preguntar. Desde aquellos trágicos días, Detroit se convierte en una de las ciudades estadounidenses con mayor conflictividad racial.

30 años después, el sueño dorado de la ciudad comienza a resquebrajarse. Las subidas en los precios del petróleo, las deslocalizaciones de las fábricas y la crisis económica de 1980, confirman lo que algunos expertos venían advirtiendo desde hace años; el modelo de desarrollo de Detroit es insostenible. Entre 1970 y 1989 se perdieron 860.000 puestos de trabajo en Ford, Chrysler y General Motors. Es entonces cuando comienza el éxodo masivo de trabajadores a ciudades más prosperas, lo que provoca el abandono de grandes urbes metropolitanas.

Fábrica abandonada

Hoy en día, Detroit es una ciudad prácticamente abandonada. El documentalista Michael Moore, natural de aquellas tierras, hizo en The Big One, el mejor retrato en movimiento de la situación actual de Michigan. De los 2.000.000 de habitantes que vivían en Detroit en los años de bonanza, quedan apenas 700.000, la mayoría, sobreviviendo en guetos, acorralados por la pobreza y la delincuencia.

Del esplendor de los 50 solo quedan los esqueletos de las grandes factorías y centros de negocio, quemados en su mayoría con el fin de conseguir un último resuello de la aseguradora. El resto de las construcciones sucumben lánguidamente a la invasión de la naturaleza o sirven de refugio para ese tercio de su población que subsiste con menos de 9.800 dólares al año.

Vía: El Confidencial

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