Nos situamos en 1971 en Estados Unidos. Ford finalmente comprendía que los japoneses iban en serio con su oferta masiva de compactos en el mercado y la marca se precipitó en la fabricación y diseño de su propio compacto.

Y cuando decimos “precipitó”, nos referimos a que desde cero sacaron el Ford Pinto en cuestión de apenas 25 meses. Los requisitos que debía tener dicho modelo eran muy claros, debía ser barato a la vez que ligero.

Unos requisitos bastante normales para el mercado actual, pero el problema es que la tecnología de Ford no estaba lo suficientemente desarrollada como para ofertar algo así.

Los directivos hicieron la vista gorda cuando consiguieron sacar el Ford Pinto a un precio económico, bastante ligero y con un diseño interesante. ¿Pero dónde está el gato encerrado en todo esto?

El Pinto tenía unas lagunas de seguridad totalmente negligentes. La carrocería aportaba ligereza al coche a costa de que en caso de colisión el coche se aplastase como una lata de aluminio. Atrapando por tanto a los individuos en su interior y cruzando los dedos para que el coche no saltase por los aires.

El depósito de combustible se situaba justo detrás del eje trasero por lo que bastaba un leve golpe para que el coche se incendiase.

El lector podrá entonces preguntarse: ¿pero Ford no hizo pruebas para testar su seguridad? Por supuesto que sí, es más, estaban al tanto de su excesiva peligrosidad, pero les salía caro tanto retirarlo del mercado como invertir en mejorarlo.

Resulta entonces preocupante, sobre todo porque el mercado estadounidense convirtió al Pinto en un superventas. Alrededor de 400.000 unidades se vendieron en todo el país.

De la imprudencia de comercializar el Pinto, viene la terrible cifra de las 500 personas que fallecieron en él durante los años que estuvo en el mercado dicho modelo.

Comienzan entonces una serie de incansables protestas ante las autoridades de lo que empezó a conocerse como el caso “Ford Pinto”. Y es cuando se pide que la marca reconozca y comunique lo peligroso que resulta el Ford Pinto y lo retire del mercado.

Pero la marca realiza entonces unos cálculos que reducen a los altos directivos a la peor condición posible de un ser humano. Les resultaba más rentable indemnizar a los muertos y heridos que sacar el modelo del mercado.

Efectivamente, a Ford entonces sólo le preocupaba hacer dinero y mientras, hacer todo lo posible para evitar que los medios se hiciesen eco del polémico Pinto. Ponerle precio a una vida humana es un dilema ético bastante complejo, pero Ford lo tenía claro: 200.000 dólares.

Una revelación que haría pública en octubre de 1977, el periodista Mark Dowie en la revista Mother Jones. En un artículo de investigación que intentaba esclarecer cómo era posible que una conductora falleciese a causa del incendio producido en su coche por un impacto por detrás a 45 km/h. Fue entonces cuando el propio Mark Dowie tras meses de investigación consiguió acceder a un memorando de Ford en el que se reconocía los fallos en seguridad del coche y como era rentable para la marca asumir ese “gasto”.

Tristemente Ford no empezó a tomar cartas en el asunto hasta que Arjay Miller, por entonces el presidente de la compañía casi falleciese en causas similares a la conductora citada en su propio Pinto.

La Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en las Carreteras (NHTSA) comenzó a realizar inspecciones de seguridad más exhaustivas en las que incluía pruebas de colisión por impacto trasero. 

Gracias a que la opinión pública se puso al tanto del escándalo de Ford, la presión social hizo posible las primeras revisiones de los vehículos llegando a conclusiones sorprendentes. Con pequeñas modificaciones, como un aislante de goma alrededor del depósito, se hubiesen podido salvar muchas vidas.

Finalmente, tras centenares de juicios contra la marca, Ford se vió obligado a retirar el Pinto del mercado y a pagar cuantiosas indemnizaciones que dejaron muy tocada la reputación de la marca.

Todo un terrible recordatorio de lo peligroso que resulta en los negocios anteponer el resultado de un coste/beneficio a cualquier otro factor. Especialmente si dicho factor es la vida humana.

Vía: Revista Binter, El Economista

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