En 1947, el piloto británico John Cobb sorprendía al mundo después de alcanzar una velocidad de 634,38 km/h. El récord, aún habiéndose alcanzado en el desierto salado de Bonneville (EEUU), le dejó un sabor agridulce. Quería mas. Concretamente otro récord, pero esta vez sobre el agua.

Desde el punto de vista de la ingeniería, desarrollar un vehículo capaz de alcanzar dichas velocidades sobre una superficie acuática estaba muy lejos de la tecnología imperante. Además, requería de una inversión económica importante sobre un proyecto prácticamente a ciegas. Pero eso no detuvo a Cobb. Se convirtió en el principal inversor de su intento de hazaña.

El Crusader debía alcanzar 321,8 km/h

Como ingeniero jefe del proyecto, se contó con Reid Railton. Una apuesta relativamente segura teniendo en cuenta que fue el diseñador del “Railton Special”, el vehículo que le permitió a Cobb batir su primer récord de velocidad en 1938. Tras varias pruebas con resultados satisfactorios, el prototipo de vehículo acuático fue presentado en sociedad en 1952 bajo el nombre de Crusader. El Crusader tenía una misión que cumplir: alcanzar los 321,8 km/h.

Para ello, era necesario que la superficie de pruebas fuese lo suficientemente larga sin presentar un gran oleaje. Finalmente se decantaron por el lago más conocido del mundo, el Lago Ness.

Nadie quería perderse la oportunidad de ver el Crusader. Aquí, una prueba en el Lago Ness.

Tras varias pruebas de velocidad, las conclusiones eran positivas y negativas por igual. El aspecto positivo era que el Crusader respondía de forma fiable a los continuos incrementos de velocidad. Lo negativo era ajeno al Crusader, las condiciones climáticas en el Lago Ness podían cambiar en cuestión de segundos al más terrible de los escenarios.

No obstante, ante la falta de medios para prevenir la meteorología, aquel 29 de septiembre de 1952 parecía el día perfecto para llevar a cabo un récord mundial.

John Cobb le da el visto bueno a un triste desenlace

Cobb, que estaba preparado en su Crusader junto con dos barcos de apoyo, tuvo que retrasar su intento debido al repentino cambio en la velocidad del viento. Dos horas aproximadamente fue el tiempo necesario para que las condiciones volviesen a ser óptimas.

Cobb no se retrasó más, se dió el pistoletazo de salida y el Crusader se propulsó sobre el lago. La velocidad objetivo se alcanzó con relativa facilidad, Cobb podía detenerse y salir heroico de su intento. Sin embargo, el oleaje le jugó la peor de sus cartas.

El Crusader no era tan hidrodinámico como para adaptarse a ese cambio en la superficie. La proa comenzó a hundirse hasta que el impacto acabó desintegrando el barco por completo. El destino no le dió una segunda oportunidad a Cobb, cuyo cuerpo fue recogido en pedazos.

La leyenda urbana cuenta que una criatura misteriosa fue la encargada de arrastrar el Crusader hasta el fondo de su lago… .

Fuente: Wikipedia, Lesliefiled

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