Peter Schutz no tuvo una vida particularmente fácil y estable, de hecho su vida fue un relato en el que siempre le tocó nadar a contracorriente. Nacido en el seno de una familia judía en el Berlín de los años treinta, dejó su tierra natal escapando de los nazis en dirección a Cuba. Y de ahí partió a Chicago con el deseo de graduarse en ingeniería mecánica.

Uno de sus primeros trabajos que tuvo recién graduado fue en Caterpillar. Lugar donde no sólo demostró que tenía talento, sino también mucho valor en decir lo que pensaba. Tal es así que por iniciativa propia se saltó las directrices de la dirección dando él mismo el discurso de la compañía en la convención más importante de su sector. Inmediatamente fue cesado.

Ferry Porsche, que tenía constancia de la trayectoria de Schutz, le invitó en 1980 a que tomase la decisión profesional más importante de su vida. Convertirse en el CEO de la compañía.
Corrían tiempos difíciles para la marca, por primera vez en su historia sus cuentas de resultados mostraban cifras negativas, por lo que era crucial tomar decisiones drásticas.

Peter Schutz, tercero por la izquierda, con el equipo de ingeniería y diseño

Schutz, que fue aprobado por la junta directiva dado que conocía lo suficientemente bien el mercado americano como para remontar las malas ventas en ese país, recuerda perfectamente el sentimiento de tristeza que rodeaba a su equipo el primer día de trabajo.

Indagando en dicha cuestión, se percató de que los empleados miraban con miedo la decisión de cancelar para siempre la producción de nada menos que el 911.

Los mismos directivos que le habían elegido como CEO, consideraban el 911 como un modelo pasado de moda y anticuado para las circunstancias del mercado.

Schutz, sabía que cuando un alemán estaba decidido en hacer algo prácticamente no había marcha atrás. Por lo tanto sólo le quedaba hacer lo que los héroes hacen en las películas, salirse del molde.

Llevaba únicamente tres semanas en el puesto cuando en la sala de reuniones ante la presencia de los que “cortan el bacalao” dió un memorable discurso. O más bien, un memorable gesto.

Había un gráfico que mostraba el ritmo de producción del 944, el 928 y el 911. Si tanto el 928 y el 944 presentaban líneas que se extendían a lo largo de los años, la del 911 sólo llegaba hasta 1981.
Schutz cogió un rotulador que estaba en el escritorio del ingeniero jefe, Helmut Bott, y extendió la línea del 911 no sólo llegando hasta el límite del gráfico sino llegando incluso a las paredes y hasta la puerta del despacho del profesor Bott.

Este último incrédulo se quedó observando la línea, a lo que Schutz simplemente preguntó “¿nos entendemos los dos?”. Bott asintió. Y así, de forma muy decidida pero simple, aquel señor que había manchado las paredes con rotulador acababa de salvar al 911 del corredor de la muerte.

Tristemente, Schutz falleció el año pasado a los 87 años. Sin embargo su legado permanece vivo, dado que lo está el 911.

Fuente: Jalopnik
Imágenes: Porsche & VSCO

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