El Reino Unido es, con casi toda probabilidad, uno de los países del viejo continente donde el uso de radares de vigilancia para el control del tráfico está más extendido. Aunque son muchas las voces que critican el afán recaudatorio que se esconde detrás del sistema, las autoridades encargadas de regir el tráfico, defienden, con datos en la mano, su utilización. Funcionales o no, en ocasiones los radares pueden jugar malas pasadas que cuando trascienden a la opinión pública se convierten en divertidas anécdotas.

Algo así sucedió hace unos días en los dominios de la Reina Isabel. Esta es una historia de policías de “loca academia”. Todo comenzó cuando un oficial, que se encontraba inspeccionando las imágenes de una zona en la que se estaban produciendo varios robos, encuentra un posible sospechoso actuando de forma extraña. Inmediatamente, en el cumplimiento efectivo de sus funciones, da el aviso a un policía de paisano que se encontraba en la zona, y que acto seguido, a bordo de su vehículo, comienza una intrépida persecución de algo más de 20 minutos de duración.

Siguiendo las indicaciones del oficial, el agente comienza a percatarse de que algo raro está sucediendo cuando, a pesar de encontrarse en el punto indicado por el radar, nunca consigue establecer contacto visual con el sospechoso. Todavía, ni él, ni su compañero en la centralita, sabían que el policía se estaba persiguiendo a sí mismo. La persecución finalizó cuando un sargento entró en la sala de operaciones y comprobó la identidad del supuesto caco. La policía británica se ha negado a facilitar datos concretos de la “operación”, asegurando así el anonimato de los protagonistas de esta historia.

Vía: Telegraph

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