Querido y añorado por muchos entusiastas de la marca, el Porsche 911 Turbo (993) marcó el fin del motor bóxer refrigerado por aire. Su sucesor, el “nueveonce” (996), supuso un nuevo rumbo para el icónico deportivo que llegaría hasta su actual generación (992), cuando el propulsor de cilindros opuestos se pasó a la refrigeración líquida. A menudo, solo somos conscientes de la importancia de ciertos acontecimientos cuando pasa el tiempo y echamos la vista atrás.

La magnitud del cambio en el ojito derecho de Porsche es comparable –salvando las distancias– a la que marcó Apple en 2007 cuando el primer iPhone llegó al mercado; Steve Jobs no sabía en ese momento que cambiaría la forma de entender el significado de lo que es un teléfono móvil. A mediados de la década de los 90, la firma de Stuttgart hizo lo propio cuando mostró su última iteración del 911 Turbo. Sin duda, un momento decisivo para la marca con sede en Stuttgart-Zuffenhausen.

Pocos modelos representan un cambio tan radical. Con este modelo, la era de los motores bóxer alcanzó su culmen y, al mismo tiempo, también marcó el comienzo de la tecnología biturbo, que se abría paso en la producción en serie casi una década después de que un diseño similar hubiera otorgado el estatus de leyenda al 959, fue fabricado en una serie muy limitada. La energía de los turbocompresores gemelos se ha convertido desde entonces en un rasgo más que característico de la familia 911.

Y a diferencia de los superdeportivos equivalentes de la década de los 80, el Porsche 911 Turbo (993) empleaba un sistema de tracción total permanente. La era en la que la entrega de potencia era explosiva e impredecible había terminado, a pesar de que esta nueva generación, con 408 CV y 540 Nm, era más potente y rápida que sus antecesores. Esta entrega de potencia dulcificada fue posible gracias a la implementación de los dos turbos más pequeños en lugar de uno solo de mayor tamaño.

Sin embargo, a diferencia del 959, Porsche prescindió de usar la sobrealimentación secuencial, que utilizaba una caracola más grande y una más pequeña conectados en serie. En su lugar, por primera vez se utilizaron dos turbinas KKK K16, ambas muy compactas, del mismo tamaño y 100 % simétricas, una para cada bancada de cilindros. Al ser capaces de generar una elevada presión, forzaban la entrada de aire al bloque a través del intercooler hacia las cámaras de combustión a 0,8 bar de presión.

Gracias a unas inercias reducidas, los turbocompresores funcionaban de manera más rápida y eficaz que en su predecesor (964), lo que se traducía en un par motor máximo disponible a solo 2.500 rpm y un régimen máximo de giro fijado a 6.800 rpm. Al mismo tiempo, las cuatro ruedas se encargaban de transmitir la fuerza al suelo de la manera más eficaz posible. El resultado era espectacular para la época: conseguía acelerar de 0 a 100 km/h en 4,5 segundos y llegaba a los 290 km/h de punta.

Además, como ha sido norma desde entonces, el Porsche 911 Turbo (993) tenía la capacidad de combinar una dinámica realmente deportiva en condiciones exigentes con una usabilidad muy agradable en el día a día. De hecho, es precisamente una de las principales señas de identidad de este modelo y de sus sucesores refrigerados por agua. En 1995 llegó el punto de inflexión a partir del cual los 911 Turbo dejaron de tener un comportamiento salvaje para ofrecer un tacto más afable con el conductor.

Estos buenos modales también se tradujeron en unas cifras de emisiones mejoradas gracias al empleo del sistema de diagnóstico OBD-II. El 911 Turbo (993) fue el primer coche del mundo en incorporarlo. Para ello requería un sistema de gestión ultramoderno como era el Bosch Motronic M5.2, capaz de detectar anomalías en los catalizadores del escape, las sondas lambda y la ventilación del depósito de combustible con un filtro de carbono activo, así como los posibles fallos de encendido.

Este “nueveonce” Turbo causó sensación, no solo por ser el uno de los referentes de su época a nivel prestacional, sino por todo lo que conllevaba convivir con él. Y todo esto, claro, solo se ve como algo realmente destacado desde la perspectiva actual, no en 1995. La segunda era del seis cilindros bóxer comenzó tras 35 años. Fue el comienzo de una época en la que se vería el éxito sin precedentes del 911 y de Porsche. En total, 68.881 unidades del 993 fueron fabricadas entre 1993 y 1998.

Fuente: Porsche

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